martes 16 de noviembre de 2010

MY SOULMATE

Hay cosas que me impresionan de Bret Ellis, como por ejemplo que nacimos el mismo día y misma hora.

Ya, ¡está bien!.

Pero honestamente, toda esa mierda folklóricacósmica es irrelevante para lo que realmente me sorprende…

Me sorprende que, cada vez que leo sus novelas o escucho sus respuestas a entrevistas con periodistas “lameasses”, él esta conectado a mi cerebro. Es una conexión directa. Yo pienso, él habla. Sí es jactancioso escribirlo, es vanidoso hasta pensarlo, pero en ocasiones, muchas ocasiones, siento que se roba mi vida.

Lunar Park es un ejemplo fiel. Y en otra de sus novelas, la última, encontré la respuesta a esa vanidad.

Comentario mala onda: ¿Qué pasó con los correctores de Mondadori Argentina?

Échenle un ojo a la novela impresa, ¡¡AHORA!!

…………………

Fragmento de Suites Imperiales.

Por Bret Ellis.

“Cuándo se publicó el libro en la primavera del 1985, el autor ya se había ido de Los Ángeles. En 1982 estudiaba en el mismo pequeño collage de New Hampshire en el que yo había intentado desaparecer y donde habíamos tenido poco o ningún contacto. (En su segunda novela hay un capítulo ambientado en Camdem, donde hace una parodia de Clay; un gesto más, otro cruel recordatorio de lo que sentía hacia mí. Despreocupada y no particularmente mordaz, era más fácil restarle importancia que a la descripción que hace de mí en la primera como un zombie con dificultades de expresarse y confuso por la ironía de “I Love L.A.” de Randy Newman.) Gracias a su presencia sólo me quedé un año en Camdem y en 1983 me trasladé a Browm, en la segunda novela sigo en New Hampshire durante el primer trimestre de 1985. Me dije que no debía importarme, pero el éxito del primer libro flotó en mi campo visual durante un tiempo incómodamente largo. Esto se debía en parte a mi deseo de ser también escritor, y al hecho de que deseé haber escrito esa primera novela después de leerla; era mi vida, y el autor me la había robado. Pero enseguida tuve que aceptar que yo no tenía ni el talento ni el ímpetu necesarios. Me faltaba paciencia. Solo quería ser capaz de hacerlo. Llevé a cabo unos pocos intentos patéticos y fulminantes, después de licenciarme por Browm en 1986 comprendí que nunca lo conseguiría".


X: nadie lo pudo haber dicho mejor.

miércoles 3 de noviembre de 2010

Bastardo de la soledad

Me di una vuelta por la feria del libro y vi una edición hermosa de las obras completas de la Bombal, editorial Zig-Zag. Recordé que, hace años, escribí algo sobre ella. Si a alguien le interesa, quédese, y si no... cambie de canal.






La autora de “La amortajada” dejó una historia inédita. La de un niño que desde los siete años estuvo junto a ella hasta su muerte. Ahora, José Luis Gallardo tiene 52 años. Es actor callejero y vive en una mediagua en Viña del Mar. Mientras la Bombal vuelve a las librerías con la reedición de sus “Obras completas” por Editorial Zig-Zag, Luchito la recuerda con un vaso de vino blanco en las manos.

Paulina Arancibia C-M

LND

Ese niño casi huérfano es José Luis Gallardo, o Luchito, como lo llamaban, quien llegó a la casa de María Luisa a los siete años. Su madre, que había enviudado, se vio obligada a trabajar como ama de llaves en el palacete de los Bombal. “Era un hogar donde imperaba el matriarcado. Por ser el único hombre, me convirtieron en el regalón”, dice José Luis, desde los cerros de Agua Santa, Viña del Mar, donde ahora reside desde que el sobrino de María Luisa, el actual senador Carlos Bombal, lo expulsara a él y a su madre de la céntrica casa ubicada en 5 Poniente, para instalar, en agosto de 1985, la naciente sede de la UDI. “En un principio, Bombal me dijo que podía ser el recepcionista, pero nos echaron con mi madre”. Ahora, Gallardo vive en una mediagua de dos piezas, y el senador Bombal no quiso hablar con LCD.

El poeta Sergio Parra, quien conoció a José Luis, dice que “esto es muy típico de las familias de clase alta chilena. Toman en crianza a un chiquillo y cuando la persona que le dio el afecto muere, lo echan de las casas porque temen que el chico reclame alguna herencia, o pueda tener alguna incidencia en los bienes. Creo que por ahí va el ocultamiento de esta persona”.

AMOR A PRIMERA VISTA

El living de José Luis está decorado por completo con muebles y adornos que pertenecieron a María Luisa. Un tocador redondo sostiene objetos personales de la autora de “La última niebla” y fotografías donde él siempre aparece a un costado de la mujer.

-Esas sillas eran de María Luisa -señala José Luis apuntando a dos asientos de roble.

En la casa de la familia Bombal Anthes vivían María Luisa, su madre y sus hermanas -las gemelas Loreto y Blanca-, y doña Antonieta Anthes (tía de la escritora), quien anhelaba que José Luis entrara al mundo de los negocios. Pero era tarde, el niño había sido tocado por el báculo de la escritora, ya que se dedicaba a pintar y a escribir.

El amor entre ellos fue a primera vista. María Luisa descansaba sentada al borde de una pileta ubicada en el jardín trasero de su casa y José Luis, de siete años, le pidió que le dedicara “La última niebla”.

-¿Qué te pongo, chiquillo? -le preguntó. Luchito respondió: “Para José Luis, de María Luisa Bombal paran-pan-pan”. La escritora se enojó tanto que lo trató de insolente, porque le molestó su falta de imaginación.

Tres años más tarde, ya eran excelentes amigos, y él se convirtió en su “secretario”.

La Bombal se sentía muy orgullosa de las “divagaciones poéticas” de José Luis, tanto que cada vez que podía le contaba a sus pares de oficio lo brillante que era. “Una vez fuimos a ver al poeta Juan Guzmán Cruchaga. Era un señor muy cálido y, por culpa de María Luisa, él se interesó en mis poemas. Me decía que le llevara los escritos; ¡imagínate!, yo pasarle mis poemas de cabro chico. Nunca lo hice”.

La escritora era una mujer muy triste y solitaria. Desde los nueve años fue perdiendo a todos sus seres queridos: a su padre, a sus dos maridos (Jorge Larco y Fal de Saint Phalle), a Eulogio Sánchez -el gran amor de su vida, a quien le disparó en pleno centro de Santiago-, a su madre y una hermana. A eso se suma que no contaba con el amor de su única hija, Brigitte, quien creció en Estados Unidos y se alejó de su madre apenas cumplió 17 años. María Luisa no se cansaba de enviarle cartas, pero ella sólo le enviaba escuetas respuestas en postales. La acumulación de angustia la convirtieron en una mujer insegura y su adicción al alcohol empeoró su condición depresiva.

“¡ERES UN AZOTE!”

Luego de una larga estadía en Estados Unidos de la narradora, María Luisa y Gallardo volvieron a juntarse en Viña del Mar en 1973. Ella fue alimentando la dependencia hacia Gallardo, a extremos asfixiantes para un joven de 18 años. No lo dejaba salir y cuando se intentaba escapar, María Luisa se enojaba y le gritaba: “¡Luis, eres un azote!”, y siempre quería saber dónde estaba su escurridizo compañero.

“María Luisa era de un carácter fuerte y difícil de llevar, pero todo lo compensaba con su buen humor, era genial, tenía una personalidad muy jovial, era muy chispeante, pero era un ser muy triste y solitario”, apunta José Luis, quien la acompañaba a pasear, a hacer diligencias y a tomarse un trago en el desaparecido bar Caribean, de Viña del Mar. José Luis se sentía más cercano a la escritora que a su propia madre. Con María Luisa se quedaban conversando hasta la madrugada. “Hacíamos locuras juntos. La soledad de ella hizo que me viera como a un hijo”, relata Gallardo.

Luchito se sentía responsable de su felicidad; por ello, incluso decidió escribirle una carta a su hija, Brigitte. “Le escribí y no contestó. Ni siquiera vino al funeral. Por eso creo que compensó todo ese amor de madre conmigo, ese cariño que nunca le fue correspondido”.

Mientras María Luisa viajaba a Santiago, él se encargaba de leer la correspondencia y si era necesario la contestaba. Pero la función más agotadora que José Luis debía cumplir con su mamá putativa era la de subirle el ánimo. Así pasó los últimos años con la autora, preparándole la ropa, animándola a salir cuando despertaba. “Le decía póngase esta ropa, tómese el café, vamos a la fiesta de Sara Vial”.

La vida que le dio María Luisa a Luchito no le pertenecía, dada su baja condición social. Creció entre embajadores, artistas de renombre y gente de la alta sociedad viñamarina. “Cuando falleció caí en una espantosa depresión, murió la persona que más quise en mi vida, mi confidente. Después de estar 25 años en la casa de los Bombal, aquí estoy esperando una pensión de gracia. A veces la veo, su sonrisa, sus chasquillas rectas, sus labios pintados, y en sus manos un lápiz o un vaso de vino blanco”.

“REEMPLAZABA EL AMOR CON UNA TRAGEDIA”

“María Luisa Bombal: Obras completas” es una compilación realizada por la profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de California Lucía Guerra. Los tomos se conforman de entrevistas, en las que se puede conocer a la mujer que se esconde tras sus personajes, o declaraciones como que desde niña sufría amores secretos, e incluso afirma que de grande a menudo pensaba “... de qué me sirve ser autora de ‘La amortajada’ cuando mi desesperación es tan grande. Nunca tuve tino en el amor. Ese es un hecho. Al enamorarme perdía un amigo y lo reemplazaba por una tragedia”.

Otra de las curiosidades recogidas en la obra es una entrevista que María Luisa le hizo al escritor norteamericano Sherwood Anderson. Sin dejar de mencionar las palabras preliminares de su amigo Jorge Luis Borges. Además de cuentos, cartas, crónicas poéticas, y sus novelas “La última niebla”, “La amortajada”, “El árbol” y “La historia de María Griselda”.

miércoles 6 de octubre de 2010

BLOQUEO E INCOHERENCIAS SUBESTIMADAS

Ojos cerrados. Me acostumbré a escribir sin mirar el teclado gracias a las ediciones de texto, mis propios escritos y Messenger por supuesto.

Comencé a hacer este ejercicio, porque me quedé sin energía para escribir ficción, palabras inventadas. He tratado, desde las tres de la tarde, ya son las cinco y media y... nada.




Cierro los ojos. No hay imágenes claras. Ninguna excepto un rectángulo de color negro. Ahora veo un caballo dibujado, es blanco y cruza caminando el rectángulo de color negro. Se detiene, mira a todos lados, busca algo. Comienza a correr, rápido, salta una vallas… corre y corre, lo sigo con la mirada.
El caballo dibujado, llega a un prado verde donde yo estoy sentada. Hay un árbol en el centro. Es frondoso, y está lleno de frutas rojas, sin nombres. Me paro y comienzo a caminar por el prado.
Llego a un lago, es transparente y puedo ver cómo en el fondo, nadan peces de colores. Doy un paso e introduzco un pie, luego el otro. Está fría. Mis uñas se emblanquecen y mi piel se pone de color rosa. Se me hace el cutis de ave. Me arrodillo y el agua sube hasta mis muslos. Siento escalofríos. Sigo sumergiéndome. El agua cubre mi pecho y mis hombros. Sólo mi cabeza queda por mojar. Dudo. No quiero sumergirme. Siempre les he temido a los peces. Culpa de mi hermana mayor: que se le ocurrió llevarme a ver “Tiburón I” cuando sólo tenía cinco años. Trauma.
Al otro lado del lago, hay una carta de esas para jugar, parece que es de mi tamaño y en el centro tiene ilustrado un gran sol amarillo. Desde donde estoy, puedo calcular que mide como un metro setenta centímetros. Decido nadar hacia ella, el agua ya no me parece tan fría, y los peces huyen de mí. Sigo nadando hasta alcanzar la orilla. Sigo y sigo.
Qué significa esa carta. Ni idea, mi cabeza está llena de simbolismos, es independiente y habla otro idioma. No tengo ganas de salir del lago. Hace tiempo deseaba nadar. Donde fuera. Pasaría todo el día metida en el agua, hasta que me salieran escamas. O hasta que aquellos ángeles negros -que según mi abuela te cruzan en bote hacia el más allá- vinieran por mi. Creo que esa opción es más probable a que me aparezcan escamas.
Otra vez aquel rectángulo de color negro. Es como una barrera, como la negación a crear. Negación a mi imaginación. No quiere que mis ideas salgan al papel. Quién mandará a esa figura geométrica hacerse dueña de mi voluntad para escribir palabras inventadas, ficción. Yo supongo, mi inseguridad. Qué extraño que la inseguridad, tan abstracta en sí, esté representada por un dibujo tan exacto, tan calculado. Sigo con los ojos cerrados. Hasta el momento he cometido pocos errores ortográficos. No he puesto mal ni un dedo.



Comienzo a dibujar sobre el rectángulo. Dibujo líneas sin formas, todas de color rojo. ¡Ouch! Me rasca la planta del pie. Abrí los ojos. Está oscuro. Me sigue rascando la planta del pie.
Cierro los ojos nuevamente. No he escuchado mi canción favorita de Sigur Ros, ¿habrá pasado y no me di cuenta?. Los cierro otra vez ¿qué?. Ahora estoy parada en la orilla de una playa, el oleaje está calmo. Las olas me acarician los pies, haciéndolos desaparecer entre la arena. Siento que alguien viene y toma mi mano. Es agradable, contrasta sobre mi piel fría. La radiación. No sé quién es y no quiero mirar, no quiero materializarlo. Que se haga notar; solo, sin ayuda. Aprieto fuerte esa mano. Tiene dedos largos, como los míos.
Ahora está detrás de mí, me abraza por la cintura, hace calor. Siento su aliento tibio bajo el lóbulo de mi oreja, ahora en mi cuello. No dice nada, yo tampoco. Lo siento inhalar mi esencia. Huelo a chocolate. Lo sé porque es el jabón que estoy usando. El olor es fuerte. Abrí los ojos, una vecina vino a tocar la puerta. Quería un paraguas para su hijo menor. Él lloraba porque no tenía. Lloraba porque –además- estaba enfermo. Lloraba. Su perrita Poddle también lloraba.



Vuelvo a mi escritorio y cierro los ojos nuevamente. Sigo en la playa atrapada en los brazos de esta persona que no se deja ver. Me acaricia la panza. Qué quiere con mi panza. No sé. Tampoco tengo ánimos de averiguarlo. Me doy vueltas y un destello de luz, tal vez, el brillo del monitor no me deja verle el rostro. No importa, me hizo sentir cómoda. Me desenredo de sus brazos, le tomo su mano y le agradezco con un gesto bien masculino. Él parece sonreír.
Me voy. Camino por la playa, llego a una casa blanca de maderas gruesas y anchas. La puerta está abierta. Dentro está el poeta Claudio Bertoni. Conversa con una grabadora. No le importa mi presencia, generalmente es así. Mi presencia no molesta ni importa. Eso es lo bueno de ser invisible, puedes entrar en diferentes mundos, adaptarte y observar.
“No entiendo. Si he visto tanta cosa en mi vida y he vivido tanto, por qué no puedo escribir sin apelar a este ejercicio”, pienso mientras sigo viendo al poeta. Él me mira, me hace un guiño con el ojo izquierdo luego con el derecho. No tiene posturas políticas. Es gracioso.
Tiene la cara larga, usa barba como de tres días, y lleva unos lentes a lo John Lennon. Está tirado en una cama a mal traer. Tiene los pies cruzados. Me dice que tiene ganas de comer machas a la parmesana, no tengo dinero para invitarlo, así que le digo “qué rico, vaya a comer”.



Otra vez, parpadeo, mi papá acaba de llegar, me dice que está lloviendo y que no quiere sacar a Phoebe porque quedará toda mojada. Le respondo que no se preocupe, salí con ella momentos antes de que él llegara, además hizo caca y pichí.
No quiero volver a cerrar los ojos, me da sueño. Quiero ver cómo llueve, pero me da tristeza. La lluvia siempre me ha evocado momentos bellos de mi vida, y pensar que ya no los volveré a vivir, me entristece. Sobre todos aquellos recuerdos donde no era lo que hoy soy… y tenía tanta fe en que nunca sería lo que soy. Pero acá estoy.
Por fin escucho la canción de “Sigur Ros” que amo. Es hermosa. Quiero llorar. Si tan sólo tuviera la capacidad pulmonar para nadar hasta el fondo, o al menos hasta la otra orilla, así por fin estaría tocando tierra.



Hace un rato leía, que vivir en sueños o en la ficción, es al fin y al cabo vivir la vida. Abdicar es actuar. Soñar es confesar la necesidad de vivir. Lo mejor de vivir la vida en sueños, es que llevamos el control de esa vida. Nada se te va de las manos, porque tú decides todo. Te dejas llevar y cuando llegas a un punto donde no te gusta lo que está pasando, sólo retrocedes y comienzas de nuevo. Como escribir un guión o una novela.
Sólo comienzas de nuevo.



miércoles 16 de junio de 2010

CARTA DE PRESENTACIÓN

CHISTE IRÓNICO QUE NADIE ENTENDIÓ Y COMO ME CARGA EXPLICAR LAS TALLAS...
ESTE POST SE FUE
OTRA IRONÍA ¡SOY SECA!...

miércoles 13 de enero de 2010

EL SEÑOR LECTOR LLORA CON "HUACHO" LA PELÍCULA





“para nosotros, la vida no consistía en seguir majaderamente las huellas de papá y mamá.(…) Nuestra única posibilidad radicaba en buscarnos entre nosotros mismos, puertas afuera. En construir algo entre los "huachos", por los "huachos" y para los "huachos"”.

"Ser Niño 'huacho' en Chile"
Gabriel Salazar V.


......

Nota del lector: esta no es una crítica maestra, es sólo el sentir de un lector que en ocasiones ve buenas películas.
Nota del lector 2: Las fotos de los personajes pertenecen a Alejandra Villasmil. No se las roben y si lo hacen, pongan el crédito.

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El pasado lunes una amiga rehabilitada del carrete fin-de-semanero, me invitó al pre-estreno de la película “Huacho”. Cinta que ha ganado un montón de festivales internacionales, entre ellos el prestigioso festival de cine independiente Sundance (mejor guión).

Había quedado con ella el día viernes, antes de toda la parafernalia del sábado y el domingo. No podía faltar, porque blablabla… mejor les cuento sobre la película. “Huacho” narra 24 horas en la vida de una familia campesina en las afueras de Chillán. Debo aclarar que no es la típica película de campo reflejada en el cine chileno. No es la historia del patrón de fundo que se acuesta con las “Chinas” y explota a sus peones. No.

Esta es la vida de cuatro personas:

Clemira, la abuela que se levanta a las cuatro de la mañana, va por huevos frescos al gallinero y le habla a las gallinas porque están flojas para poner, la misma que camina kilómetros –ida y vuelta- en busca de insumos para sus quesos que debe vender en la orilla de la carretera;



don Cornelio, el tata, un campesino que trabaja enrejando parcelas, se bebe un vino tinto al terminar la jornada, mientras cuenta historias que no se cansa de repetir;



Alejandra, la hija de ambos, quién sueña a diario con tener una vida que no le tocó, y que como muchos chilenos, no sabe administrar su dinero y la única manera que conoce para que éste le alcance hasta fin de mes es pidiendo adelantos a su jefa o prestado a su compañera de trabajo;



y por último Manuel, el huachito (pendejo adorable), quién todos los días recorre kilómetros para llegar al colegio dentro de los cinco primeros alumnos para obtener de recompensa cinco minutos de juego en el Play Station de su macabro amigo Dusan.



Estas son las historias que se mezclan en esta cinta, cuyo elenco no son actores profesionales, sino gente real-real-real.

II

Debo confesar: hace tiempo que no lloraba tanto con una película. No me podía controlar. Mi amiga me hacía cariño en la espalda para que me calmara y yo seguía peor que mono japonés. Y no porque la cinta sea triste, porque en parte, lo es. Sólo fue emoción. Estaba pletórico de hermosura, de belleza, de tanta realidad que a ratos me parecía ideal, mágica.

Le contaba a mi amigo Pancho, (quien no podía creer que yo fuera tan mamón) que la experiencia fue como ver cosas reales entremezcladas con algo hermoso y mitológico. -Por ejemplo,- le dije -un amanecer en la cordillera junto a tu mina, después de haber tenido sexo toda la noche, con un arco iris de fondo y un unicornio paseando entre los árboles. No sé qué parte es lo irreal en ese ejemplo, pero ¿entendiste pollo?.

Si hasta las escenas donde la familia se reunía en la mesa (desayuno-cena) y don Cornelio comenzaba a relatar sus cuentitos me parecía "Tolkien-ana". Ese fue mi pick del lloriqueo.

En fin, como dijo en una entrevista su director y guionista, Alejandro Fernandez, “Esa es la apuesta, generar una narrativa a partir de cosas muy pequeñas, sin aludir al gran acontecimiento”, y por supuesto que lo logró.

ENTRE PARENTESIS UN MENSAJE MALA ONDA

Cuando la cámara sigue a los personajes en sus caminatas Kung fú, el camarógrafo con parkinson –como dice Hermes- me dejó mareado (sí, sí, sí... les concedo la pieza, llegué al cine con “la cruda” del domingo, pero eso no justifica el tiritón de la pantalla) tenía que cerrar los ojos unos cuantos segundos para volver a enfocar.

Súper Equis, fuera de eso, la película es máxima.

Vayan a verla, en serio. Este jueves 14 de enero la estrenan.
Cuatro copias que estarán en los siguientes cines:

Movieland de La Florida
Movieland La Dehesa
Hoyts La Reina
Cinemundo El Roble Chillán.

Vayaaaaaan... y si no, son todos unos ¡Pollos!.

Vean el trailer bacán. Tiene un soundtrack a toda raja muy adecuado con las mier$%·$·%$5 que les conté en la croniquita (Los Jaivas "La vida mágica ¡ay sí!")

jueves 10 de diciembre de 2009

Sujeto: Objeto: Oración


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Un sujeto pensó que por tener un verbo

con múltiples objetos regía una oración.

¿Acaso la gramática no le legó estos sustantivos

de los que tomó posesión en justa herencia?

Sus objetos son ‘vino’, ‘mujeres’ y ‘riqueza’

y una oración subordinada: ‘todo lo que la vida puede dar’.

Se aficionó tanto a poseer lo dicho que, finalmente,

se encontró a sí mismo convertido en ser subjetivado.

‘Sujeto’, advertía el diccionario, significa ‘alguien regido por

una persona o cosa’. ¿No era, pues, esclavo del ‘tener’?

Para lograr independencia debía transformarse en ‘objetivo’

lo cual significaba liberación del verbo ‘haber’.

Buscando autonomía estudió el contexto

que rodeaba a su oración, para observarla en perspectiva:

la parafraseó, realizó un análisis crítico,

volvió a leerla y se sintió más ‘objetivo’.

Después, con sobresalto, se dio cuenta de que la frase

como ‘sujeto-objeto’ es doblemente traicionera.

Una frase queda condenada a permanecer como fue expuesta

-como una ‘sentencia de vida’, como una ‘sentencia de

muerte’, por ejemplo.

Por Stephen Spender

martes 11 de agosto de 2009

CARTA DEL SEÑOR LECTOR: I'M SO SICK OF IT


“Salvador Dalí: From this point on, my real life begins.

Federico García Lorca: Your real life? And what about this life? You can't just abandon everything!

Salvador Dalí: Abandon what? Sitting in an art room all day, going out of my mind with boredom? Drinking myself into a stupor every night? I'm so sick of it!”


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Siempre fui de la idea que debía vivir todo lo que escribo, pienso o siento. Experimentar sin límites. Romper con lo bueno, lo malo, lo moral, todo. Sin importar cómo me vería el mundo.
Sin embargo, nunca lo hice. Fui criado bajo los preceptos católicos. O sea, me criaron bajo esa culpa. Por lo tanto siempre fui un chico bueno.
Hasta el fin de semana.
Después de ver Little Ashes, sentí un impulso horrible. Cómo si hubiese sido poseído por el gran ego de Dalí, obvio que sin su talento. Pensé… en que debía dejarme llevar, ni siquiera por lo que mi corazón indicaba, sino casi condicionado. Una cosa parecida al perrito de Pavlov, acción-reacción. Condicionado a lo que iba viviendo.
En el momento no me importó. Era inconsciente, hasta cierto punto de lo que estaba pasando.
Y ahora, desintoxicado de todo, menos de la conciencia. Creo, y parafraseando a Dalí… “que desde este punto, mi vida comienza. Abandono todo, sentarme en mi habitación, dejándome llevar por mi mente y sus pajeos mentales, bebiendo hasta el aturdimiento cada noche.
ESTOY TAN HARTO DE ESO.
I’M SO SICK OF IT.
Alcancé mis límites. No más.